
En el anterior capítulo mencionábamos el desplazamiento del centro de gravedad como uno de los elementos que puede caracterizar los movimientos de agilidad.
Por otro lado, identificamos la agilidad en aquellos movimientos que consiguen dar respuesta a una situación imprevista planteada por el entorno, las cuales no están preparadas de antemano y que se resuelven a través de movimientos espontáneos, como puede ser la esquiva de una bola de nieve, saltar un charco, etc.
Considerando esta cuestión podríamos mejorar nuestra definición de agilidad, expresándola como: la capacidad del individuo para adaptarse a situaciones imprevistas del entorno a través del movimiento de su cuerpo.
La capacidad de improvisar movimientos requiere en primer lugar un buen nivel de coordinación en nuestro cuerpo para poder organizar las respuestas motrices de una manera efectiva.
Pero además, nos va ayudar bastante el repertorio personal de experiencias motrices (los distintos movimientos practicados a lo largo de la vida), los cuales se quedan en el recuerdo en forma de esquemas de movimiento a los cuales el individuo puede recurrir cuando necesita articular un movimiento espontáneo, combinándolos y adaptándolos.
En este sentido, a una persona le va a resultar más fácil no dañarse al caerse, por ejemplo, si ha practicado previamente algún tipo de deporte en el que se practiquen las caídas (judo, por ejemplo), que si no está familiarizado con ese tipo de movimientos.
Por ello, el enriquecimiento motriz del individuo, con la práctica de gran diversidad de actividades físicas y deportes va ayudarle a mejorar su nivel general de agilidad.
Continuaremos …





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