Máquinas de polea (I): Mecanismo básico

La polea es un accesorio muy común en la mecánica porque nos sirve para transmitir fuerzas y por ello es de uso muy común en aquellas actividades que precisan de la elevación de cargas (muelles, pozos, etc) atribuyéndose a Arquímedes los primeros indicios de su uso, según los textos de Plutarco en el siglo I A.C.

La polea es una máquina simple, que está compuesta por tres elementos: una rueda maciza, un cable y un anclaje con el que se une la rueda a un punto fijo de apoyo.

La rueda maciza se caracteriza por tener un canal esculpido en su borde, por el que se va a acoplar el cable que transmite las fuerzas.

El anclaje como hemos dicho antes, por un lado nos permite fijar la rueda a un punto de apoyo firme (techo, pared, estructura…) que soporte las fuerzas aplicadas sobre la rueda, mientras que permite que esta pueda rodar libre y sin obstáculos.

El cable utilizado debe tener la suficiente resistencia a la tracción para soportar la fuerza del peso a mover y la fuerza de tracción aplicada al otro extremo, así como estar elaborado en un material que soporte la posible abrasión que genera el rozamiento del cable sobre la rueda.

El cable se introduce en la acanaladura, fijamos el peso a un extremo del cable y ejercemos la fuerza de tracción sobre el otro extremo del cable. La tracción genera el desplazamiento del cable sobre la rueda que gira para facilitar el movimiento por lo que la parte del cable en contacto con la rueda va evolucionando con la circulación del cable sobre ella.

Este tipo de polea en la que existe solo una rueda se denomina simple, y no aporta ninguna ventaja mecánica, ya que la fuerza necesaria para mover el objeto tiene que ser superior a la fuerza a vencer.

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