
photo credit: Dagaz/Analú
En el anterior capítulo hablábamos de la experiencia motriz como un factor determinante en el nivel de agilidad de un individuo, porque la respuesta motriz de adaptación a una situación concreta, si bien no se resuelve con movimientos aprendidos, si es cierto que se apoya en estos. Sirva como ejemplo de esto, la aplicación de un tipo de voltereta aprendida, para resolver la caída causada por un tropiezo.
En este sentido, la respuesta elegida va a depender en cierta medida de los mecanismos de decisión del individuo, los cuales van a valorar que opción de movimiento es más interesante para conseguir el objetivo.
Dicha elección va a estar influenciada por el nivel de riesgo que traiga consigo el movimiento a realizar. Así por ejemplo, un movimiento tan sencillo como andar sobre un tablón apoyado en el suelo, se convierte en una tarea tremendamente compleja si este tablón está fijado en un andamio a veinte metros de altura.
Por otro lado, un adecuado nivel de percepción resulta esencial para ajustar los parámetros de un movimiento a los requisitos de cada situación. Así por ejemplo, cuando queremos superar un obstáculo saltándolo, necesitamos percibir visualmente su altura, para poder ajustar la intensidad del salto a realizar, la distancia a la que encoger las piernas para salvarlo si es preciso, y el lugar donde voy a apoyar los pies para empezar a amortiguar la caída, etc.
Este mecanismo perceptivo adquiere más importancia en la medida que la respuesta tenga que ser más inmediata, es decir, si está condicionada por el tiempo, como ocurre por ejemplo en los deportes de adversario (tenis, luchas, etc), colectivos (fútbol, voleibol, etc), y en todos aquellos en los que haya que considerar algún elemento externo a la hora de movernos (pelotas, etc), en los que tenemos que nuestro comportamiento está condicionado constantemente por la actividad de nuestros adversarios, los cuales tratan de sacar ventaja anticipándose a nuestros gestos.
Seguiremos …





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