
photo credit: aaronisnotcool
Como todas las articulaciones del tren inferior, la rodilla está sometida a un esfuerzo constante siempre que nos mantenemos en posición vertical, y tiene que conciliar esta función con el trabajo de desplazar el cuerpo cuando corremos, andamos, subimos escaleras, saltamos, etc.
En este sentido, la articulación de la rodilla ocupa una posición intermedia entre la cadera y el tobillo, ayudando a enlazar sus movimientos, por lo que se puede considerar como una articulación de transición, ya que en la cadena natural de movimientos su acción no suele representar ni el principio ni el final del mismo, salvo algunas excepciones, por ejemplo golpear un balón con la rodilla.
La movilidad de la rodilla se reduce prácticamente a la flexión y extensión, acción esta última en la que consigue generar grandes niveles de fuerza gracias a la intervención de uno de los músculos más poderosos del cuerpo humano, el cuádriceps femoral.
Sin embargo, los movimientos de rotación de la rodilla sólo son posibles cuando ésta se encuentra flexionada, produciéndose lesiones si las rotaciones se producen con la rodilla en extensión. Por otro lado, los movimientos de abducción y aducción son totalmente inexistentes por la estructura de la articulación.
Esta limitación de movimientos al plano anteroposterior facilita la función de sostén de esta articulación y hace que su actividad se centre fundamentalmente en la impulsión del peso del cuerpo cuando nos desplazamos y en los movimientos de golpeo de objetos con la pierna, acciones estas que se fundamentan en una adecuada extensión de la rodilla.
Continuaremos …
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